viernes, 11 de junio de 2010

TNF_VLC


EL ILUSIONISTA. 2010.
Papel y rotulador.
44 cm. x 63,5 cm.

TFN - VLC
Durante décadas (quizá siglos) la historia del arte se ha escrito siguiendo un ‘guión espacio temporal’ de carácter lineal. Las metrópolis ocupaban un lugar central que irradiaba influencia, siguiendo una (de)gradación espacial que tenía una traducción temporal: las capitales estaban en hora, las provincias estaban tanto más ‘atrasadas’ cuanto más se alejaban real o intelectualmente de las primeras. Podía cuantificarse perfectamente el desfase cultural de Valencia o Tenerife con sólo cotejar los ‘ismos’ que practicaban en un momento dado los artistas locales con el año en que estos aparecieron por primera vez en París. Podía incluso calcularse el nivel de ‘degradación’ de esos modelos. Por supuesto, el criterio de valoración de las producciones ‘excéntricas’ –obligadas a un mimetismo que, paradójicamente, en la capital se reprobaba- estaba en proporción directa con su grado de fidelidad a los modelos metropolitanos y en proporción inversa al tiempo que tardaban en asumirlos. Este criterio se apoyaba en concepciones muy arraigadas en nuestra cultura, desde geográficas (‘todos los caminos llevan a –o vienen de- Roma’) a metafísicas (el alejamiento de la idea original –del origen- implicaba una progresiva pérdida de esencia). Posiblemente, la más poderosa de estas presuposiciones fuera la fe en el progreso, que dictaminaba que las formas más modernas se encontraban más cerca de un futuro cuya benignidad no se ponía en duda.
Ramón Salas
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